SÁBADO 23
La jornada del sábado arrancó con una inyección de pura adrenalina británica gracias a THE MOLOTOVS. Programados a primera hora de la tarde, este jovencísimo trío londinense formado por los hermanos Mathew (voz y guitarra) e Issey Cartlidge (bajo y voz), junto con el baterista Will Fooks, asumió el reto de calentar aún más el ambiente y lo lograron con creces, firmando una de las sorpresas más enérgicas del fin de semana.
Con una actitud irreverente y un descaro desbordante sobre el escenario, la banda ofreció un directo rápido, furioso y sin concesiones. Su propuesta, un viaje directo a las raíces del mod-punk, la new-wave y el garage rock más urgente, remitió instantáneamente al sonido y la estética de bandas icónicas como The Libertines, The Jam, Buzzcocks o los primeros Arctic Monkeys. A base de guitarrazos afilados, una sección rítmica frenética y estribillos adictivos, The Molotovs demostraron una madurez escénica insultante para su edad, derrochando una actitud sudorosa y entusiasta que contagió de inmediato a los primeros valientes que se congregaron en los Jardines de Viveros. Una actuación vibrante en la que repasaron los temas de “Wasted On Youth”, su álbum debut, y que confirmó por qué son una de las promesas más firmes del circuito alternativo del Reino Unido.
Lo de PRIMAL SCREAM en el Deleste fueron palabras mayores. Eran uno de los grandes reclamos de esta edición; nosotros lo sabíamos, ellos lo sabían, y por eso no defraudaron con un show de más de hora y media que se hizo ciertamente corto. La banda escocesa no solo cumplió con las expectativas, sino que firmó una de las actuaciones más memorables, emocionantes y multitudinarias que se recuerdan en la historia reciente del festival valenciano. Convertidos en los auténticos chamanes de la jornada del sábado, Bobby Gillespie y los suyos congregaron a una masa intergeneracional dispuesta a entregarse a su particular ritual pagano de rock, psicodelia y baile. Lo que podía haber sido un simple ejercicio nostálgico terminó siendo una celebración vibrante y sorprendentemente intensa, y es que demostraron que todavía conservan algo fundamental: carisma, repertorio y una manera muy física de entender el directo.
Los de Glasgow supieron leer a la perfección el pulso de los allí congregados desde que pisaron el escenario, exhibiendo un sólido espectáculo granado de temazos legendarios. La espigada e icónica figura de Gillespie, ataviada de blanco y gafas con cristal espejo, deslumbró por derecho propio, y no solo por reflejar el sol de justicia que imperaba aún en la tarde.
La ceremonia arrancó con “Movin’ on Up“, del “Screamadelica”, y le siguieron otros éxitos como “Jailbird”, con unos Primal imbuidos de lleno en un espíritu rollingstoniano que flotaba en el ambiente. Tras repasar temas de discos más recientes, como “Love Insurrection” (Come Ahead, 2024), volvieron al “Screamadelica” para hacernos subir más alto que el sol… Llegó el turno de repasar aquel artefacto sonoro que supuso el XTRMNTR, con el que sorprendieron hace ya más de 25 años por su inmersión en el terreno electrónico. “Kill All Hippies”, “Shoot Speed/Kill Light” y “Swastika Eyes” del tirón y arrollando como una apisonadora. Antes de comenzar esta última, Bobby Gillespie entonó varias veces en un claro castellano el internacional lema antifascista “¡NO PASARÁN!” consiguiendo que gran parte del público alzara su puño en alto. Cuando estaba finalizando el tema, Gillespie recogió una bandera palestina que le lanzaron del público y no dudó en enarbolarla para recordar y denunciar el genocidio que está sufriendo su pueblo.
En esta ocasión no pudieron contar con el apoyo de audiovisuales, pero aún se recuerda la polémica tras su actuación en el Roundhouse de Londres a finales de año por proyectar imágenes que mostraban una estrella de David entrelazada con una esvástica sobre los ojos de políticos como Netanyahu o Trump. Pero no deberían ser tiempos para la tibieza, y sin duda los Primal volvieron a dejar claro que el compromiso político sigue formando parte inseparable de su ADN.
Se pudo comprobar cómo canciones nacidas hace décadas siguen conservando capacidad de impacto físico y emocional, y en el tramo final se dio buena cuenta de ello. El público, completamente entregado, coreó cada línea y saltó al unísono en temas como “Country Girl” o “Rocks” que sirvió de broche. El Deleste encontró en ellos exactamente lo que prometía su cartel: una banda histórica todavía con
facultades de sonar peligrosa, festiva y auténtica.
Y tras la tormenta, tocaba la aparente calma, llegando el turno de la británica ANNA CALVI. Su actuación en el Deleste Festival fue uno de los momentos más intensos y magnéticos del fin de semana. Sobre las tablas de los Jardines de Viveros, la compositora y guitarrista mostró esa vehemencia dramática tan suya, capaz de encoger el corazón del público y expandirlo un segundo después a base de puro
virtuosismo vocal e instrumental.
CALVI desplegó un directo elegante pero feroz, alternando tensión contenida y explosiones sentimentales con una seguridad escénica impresionante. Comparada desde sus inicios con PJ Harvey o St. Vincent por su intensidad interpretativa y su manera casi cinematográfica de construir las canciones, la británica ofreció un concierto oscuro, sensual y profundamente físico, dispuesta a transformar el escenario en un espacio de trance emocional.
CALVI hipnotizó a los asistentes con una puesta en escena elegante y una entrega pasional impecable. La fiereza de su técnica a las seis cuerdas, extrayendo de su guitarra desde los lamentos más sutiles hasta distorsiones salvajes y rotundas llegó a emocionar. Su propuesta, una bellísima y oscura amalgama de art rock, pop gótico y tintes de blues operístico, encontró el aliño perfecto en su portentosa fuerza vocal, que resonó con una solemnidad casi religiosa entre la arboleda. Pese a repasar temas de todos sus discos, predominaron los de su álbum debut homónino de 2011, como “Rider to the Sea”, “Suzanne & I” o la sentida “Love Won’t Be Leaving”. Cerró el concierto con una feroz versión de “Ghost Rider”, clásico de Suicide.
Uno de los grandes triunfos de esta edición, gracias a una interpretación hipnótica donde su voz dramática y su guitarra afilada volvieron a demostrar por qué sigue siendo una figura única dentro del art rock contemporáneo.
El toque más gamberro corrió a cargo de los valencianos LOS INVADERS, que llegaron con la firme convicción de convertir el recinto en una auténtica fiesta colectiva donde entregarse al baile más desinhibido. Encargados de agitar la recta final de la noche del sábado, el grupo desplegó en Viveros su habitual mezcla de electrónica, funk, rock y espíritu canalla.
Jugando en casa y arropados por un público entregado al baile desde los primeros acordes, la banda asaltó el escenario con su arrolladora propuesta de space rock de suburbio, mezclando riffs de guitarra afilados con una base rítmica de pura electrónica rompepistas. Los autoproclamados “putos invaders”, nos hicieron bailar desde el inicio con las sintonías de “Regreso al Futuro” y “Cazafantasmas”. Durante
el show, se acordaron con sorna de los “Influencers”, y tras versionar el clásico “Puto” de los mexicanos Molotov, tuvieron otro recordatorio político para Carlos Mazón.
En su repertorio sonaron temas como el sideral “Say OH LALA!”, “Sentimentaloides” (segundo adelanto de su nuevo disco, donde vuelven a apostar por el castellano) o la reinterpretación electrónica de “Tonterías” de los Sexy Zebras. Con “Lady Goodman” nos invitaron a volar hasta el amanecer, con “Batman” a danzar al ritmo hiperactivo del superhéroe alado. También pudimos escuchar su reciente sencillo; “Super Queen”.
LOS INVADERS aportaron precisamente lo que mejor saben hacer: diversión inmediata, ritmo y celebración compartida sin pretensiones. El cuarteto devoró las tablas derrochando desparpajo, sudor y una actitud canalla que funcionó como un auténtico combustible para los asistentes.
La sofisticación internacional de la noche tuvo su punto álgido con la actuación de los británicos KERALA DUST. El trío afincado en Berlín trajo a los Jardines de Viveros su particular y magnética alquimia sonora, envolviendo al público en una atmósfera mágica e inolvidable.
Con un directo elegante y meticuloso, la banda desplegó una seductora amalgama que funde la electrónica de club de corte minimalista con la psicodelia, el blues y el krautrock. Apoyados en líneas de bajo profundas, guitarras cargadas de reverb y una voz sugerente y oscura, KERALA DUST tejió un ritmo constante, una especie de trance desértico y bailable que contrastó a la perfección con el entorno natural de Viveros. Su directo supuso una de las travesías sonoras más envolventes y sensoriales del fin de semana, demostrando una madurez estilística impecable que cautivó por igual a los amantes del pop alternativo y a los devotos de la pista de baile.
Texto y fotos: Javier Terrádez




